Foto Walter Motto
El apuro y la voracidad provocan pestes, vamos a terminar sucumbiendo todos si creemos que el único sentido de la vida es la acumulación de dinero. Pollos que se engordan con hormonas para que crezcan aceleradamente y den más dinero rápidamente, nosotros comiendo esas porquerías que por lo demás no se sabe con exactitud que malformaciones pueden producir. Vacas locas, se afirma producto del firlot, animales que comen y cagan en un par de metros cuadrados. Frutas y verduras que ya no respetan las estaciones, desarrolladas con ingenieria y cámaras. Huertas repletas de pesticidas, napas de agua envenenadas con Glifosato, soja transgénica, minas que estallan a cielo abierto envenenando a los pobladores de tal o cual pueblo o ciudad, y la lista sigue... A continuación una interesante nota sobre una de las posibles causas de la aparición de la gripe H1N1 (A) publicada en el diario "Pagina 12", escrita por Sandra Russo. Paremos antes de que sea tarde, si no lo hacemos por nosotros que sea por nuestros hijos, o por los hijos de sus hijos.
¿Cómo surgió? ¿Dónde? ¿Por qué?
Por Sandra Russo
Edgar Hernández, de cinco años, fue el primer portador sano de la gripe A registrado en La Gloria, México. En estos días, en ese poblado de poco más de 2000 habitantes del estado de Veracruz van a poner un monumento a Edgar Hernández. Suena un poco incongruente, pero el niño tendrá su estatua en la plaza del pueblo, quizá para recordarles a los vecinos que la gripe A no mata: Edgar se recuperó completamente.
No fue el caso de Judy Trunnell, la maestra norteamericana de 33 años que fue la primera víctima mortal de la gripe A H1N1. Murió el 5 de mayo en Harlingen, una pequeña localidad vecina a la mexicana La Gloria. Su esposo, Steven Trunnell, presentó una demanda al día siguiente, 11 de mayo, contra la empresa productora de carne porcina más grande del mundo, la Smithfield Foods Inc., dueña del 50 por ciento de Granjas Carroll. Las enormes plantas de las granjas son la principal fuente de ingresos de La Gloria, el pueblo cuyas autoridades recordarán la pandemia con el monumento de Edgar, el sobreviviente.
El caso está amplia y suficientemente documentado en “Los culpables de la gripe porcina”, de Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique. En ese extenso artículo, se recogen muchas otras fuentes, como artículos firmados y publicados en los diarios mexicanos La Jornada y El Universal. Fuera de ese universo de fuentes informativas, hay también estudios de la Universidad John Hopkins de Nueva York y denuncias de muchas organizaciones ambientalistas mexicanas que sin embargo no han logrado generar un discurso que penetre en los grandes medios mundiales, para los que la pandemia de gripe A H1N1 se reduce a su profilaxis y sus estadísticas. No parece ser un tema menor cuál fue el origen de la pandemia y la pregunta es si ese origen puede estar relacionado con formas de producción incompatibles con la vida sobre la Tierra. No parece ser menor puesto que resignar ese punto supone un altísimo riesgo a futuro, ya que dispensa a los responsables y somete a la población mundial a quedar a merced de nuevas pestes.
El 10 de mayo, en el diario El Universal, Francisco Reséndiz escribió una crónica sobre La Gloria, ubicada entre Puebla y Veracruz. En ese momento, el interés periodístico estaba puesto en esa localidad por un dato puntual: el 60 por ciento de la población se había contagiado la gripe A. Y de allí hacía tiempo que llegaban denuncias sobre la actividad de las Granjas Carroll y sus lagunas de oxidación de excrementos y cadáveres de cerdos. Dice Reséndiz, que se entrevistó con Víctor Manuel Ochoa Calderón (director general de Granjas Carroll), que la empresa produce 1.100.000 cerdos anuales, y que sólo tiene 900 empleados en 16 granjas. “Los que se han quedado tienen miedo a la influenza, a quejarse, a la empresa, a ir a la cárcel y a la peste. Pero se sienten agradecidos porque en un semana cambió su panorama: ahora hay muchos doctores y les dieron material para arreglar y pintar sus casas y calles, servicio médico, comida caliente y café.” El Estado mexicano fue al rescate de los pobladores de La Gloria y les pondrá ahora el monumento de Edgar.
“Pero la gente insiste en que son los cerdos los que provocan las enfermedades. Cada módulo de producción de Carroll tiene una laguna de oxidación –una especie de alberca a cielo abierto donde se depositan el excremento y la orina de los cerdos– y contenedores con cientos de cadáveres porcinos cubiertos de moscas”, observó Reséndiz.
Por su parte, Ramonet, en su investigación, rescata lo publicado en otros medios mexicanos independientes: el corresponsal del diario La Jornada, Andrés Timoteo, se desplazó al poblado para describir el ambiente en el que viven los habitantes: “Nubes de moscas emanan de las lagunas de oxidación donde la empresa Granjas Carroll vierte los desechos fecales de sus granjas porcícolas; y la contaminación a cielo abierto ya generó una epidemia de infecciones respiratorias (...) El vector epidémico serían las nubes de moscas que despiden las granjas porcícolas y las lagunas de oxidación donde la empresa mexicano-estadounidense arroja toneladas de estiércol”. Otro reportero, Jorge Morales Vázquez, contó en Milenio cómo los pobladores llevan años protestando contra la expansión indiscriminada de la empresa porcícola y cómo han sufrido persecución policíaca, represión y amenazas. El periodista constató “el fétido olor proveniente de las granjas de cerdos que se respira durante todo el día en la pequeña comunidad de apenas tres mil habitantes, así como la existencia de enjambres de moscas que infestan los domicilios de las familias”. Verificó asimismo la proximidad de las “lagunas de oxidación” en las que se someten a un proceso de descomposición aéreo los desechos fecales de los cerdos –que se convierten en gas metano–, responsables del nauseabundo hedor que inunda la zona.
En algún momento entre que fue dado el alerta a la OMS y el que transitamos hoy, con la gripe A sobre el territorio austral en invierno, hubo equipos de investigación de la FAO que viajaron desde Roma a La Gloria para determinar si efectivamente el origen de la pandemia puede ubicarse en ese modo de producción que, como firma Ramonet, “desanimaliza” a los cerdos y los convierte en objetos de producción, sometiéndolos a niveles de estrés desconocidos. En toda su vida, los cerdos que nacen y mueren en esos criaderos permanecen a oscuras y hacinados: de esas ciudadelas de cerdos enloquecidos salen luego los cadáveres y los excrementos que se transforman en gas.
Los resultados todavía no fueron publicados. No hay certezas, pero sí hay evidencias de contaminación a escala tercermundista. La Smithfield Foods no opera en territorio norteamericano porque en los ’90 fue millonariamente multada por contaminación, de modo que decidió trasladar sus plantas a países con leyes medioambientales más flexibles. Es de este modo en que ahora se divide el mundo: con territorios sustentables y basureros. Pero el origen de la pandemia debe determinarse claramente, toda vez que ya dejamos atrás la época en la que los daños eran colaterales para las poblaciones centrales. La pandemia dice que se ha globalizado algo más que el capital.
Pestes
Publicado por Walter Motto en 21:26 0 comentarios
"40 de 40"
Galería Alicia D'Amico
• P r ó x i m a M u e s t r a
Miercoles 15 de Julio hasta 3 de agosto Silvina Salinas (Rosario-Argentina)
“40 de 40”
La misma puede ser visitada
de lunes a viernes entre las 15 y las 21 hs.
en la Escuela Argentina de Fotografía.
LA ENTRADA ES LIBRE Y GRATUITA
Campos Salles 2155, (alt. Cabildo 3200) Buenos Aires.
Tel./fax (+54-11) 4702-5225
viernes 10 de julio de 2009
Publicado por Walter Motto en 10:04 0 comentarios
Ojalá que Amy Winehouse se recupere

Deseo: vive actualmente en una isla, huyendo de los paparazzis. Por lo que nos dio y lo que nos da, queremos que esta artista maravillosa haga lo que quiera con sus adicciones, pero por favor, que no se nos muera. Ya se nos han muerto muchas revolucionarias bellas almas jóvenes, basta de artistas jóvenes muriendo así como así... Que así sea...
http://www.youtube.com/watch?v=n0Qwya7Xpo0
jueves 2 de julio de 2009
Publicado por Walter Motto en 22:35 1 comentarios
Canibalismo y capitalismo (work in progress)
Foto W.M
De la prolífica obra de Juan José Saer, escritor querido, nacido en Serodino, provincia de Santa Fe, en 1937, "El entenado" tiene como un plus por varios aspectos que en otra oportunidad podremos desarrollar. El año pasado escribí un post que se puede buscar en los artículos de 1998. Esto viene a qué Saer en ese libro nos cuenta sobre un entenado y sobre el canibalismo, entre otras cosas. Un sobreviviente de viejas expediciones españolas en la época de la conquista, en el siglo XVI. Sus colegas conquistadores fueron devorados por los indios, por los indios santafesinos. La historia habla de indios y de conquistadores.
La historia de un adolescente, de un otro, un testigo, alguien que da cuenta de los actos de otros -alguien que debe ver y escuchar, pero no participar-.
Un adolescente del siglo XVI que se embarca rumbo al Río de la Plata como grumete en una expedición española y que tras una permanencia de diez años entre los indios del litoral regresa a Europa.
Podría haber sido otro, pero le tocó a él, de hecho la preocupación principal de estos indios es que siempre haya otro: "El papel que me acordaban me había permitido sobrevivir. Cada vez que salían a buscar seres humanos para sus fiestas anuales, los indios traían con ellos uno como yo al que no mataban y al que, después de darle durante cierto tiempo la gran vida, mandaban de vuelta", dice Saer.
Pero, entiéndase bien, un otro que funcione fundamentalmente para este imaginario, para estas percepciones y vivencias que tenían estos indios. Lo capital era que ellos necesitaban un otro que esté afuera, pero que sancione, aunque sea con su silencio.
Que sancione símbolos, rituales, onomatopeyas, gérmenes de palabras.
Antes, antes de los rituales incluso, supone, reflexiona, con los años, ya en Europa, este viejo que de joven fue grumete, estos indios debían comerse unos a otros, de manera que está práctica devastadora de su cultura pasó a una sola comida anual, pero ya no entre ellos, sino con sus presas, los españoles.
No tenían un lenguaje demasiado desarrollado, lo prueba la nominación que establecían, el Def-ghi por ejemplo.
Def-ghi era lo que a él le decían: Def-ghi: yo soy el que en broma te decía que te iba a comer. Pero Def-ghi también se les decía a las personas que estaban ausentes o dormidas, Def-ghi también a los indiscretos, a los que durante una visita, en lugar de permanecer un tiempo prudente, se demoraban con exceso, Def-ghi a un pájaro de pico negro y plumaje amarillo y verde que a veces domesticaban y que los hacía reír porque repetía algunas palabras que le enseñaban, como si hubiese hablado, (¿un loro?), Def-ghi a ciertos objetos que se ponían en el lugar de una persona ausente y que las representaban en las reuniones hasta tal punto que a veces les daban una parte de alimento como si fuesen a comerla en lugar del hombre representado.
Def-ghi a infinidad de cosas. Def-ghi al otro del lenguaje.
El ritual les permitía olvidarse de la vida cotidiana y aventurarse en dos o tres noches de lujuria, delirio, hierbas y bebidas espirituosas y varios, varios etcéteras más, entre ellos la antropofagia.
Era un equivalente simbólico de aquellas viejas matanzas, épocas prehistóricas de esas tribus en las que se comían unos a otros. Sólo una vez al año entonces, se comían a las expediciones de españoles y siempre dejaban un testigo. Sólo una vez al año, ese ritual antropófago tenía la forma de cocción de los asados, hombres españoles que lentamente se doraban frente a las brasas.
Hoy recordé aquella historia mirando la televisión, viendo a Carlitos Paez Vilaró, un rugbier uruguayo que con una sonrisa gozosa contaba que de repetirse la experiencia hoy no esperaría diez días para comerse a sus compañeros, sino que al segundo día ya pondría manos a la obra, lo decía sin ninguna preocupación, sin ningún atisbo de dolor ni menos aún de duelo, lo decía orgulloso. Estaba orgulloso de haberle dado un fin económico a su "tragedia" y presentaba su libro. Contaba que viajaba por el mundo asesorando empresas y que el mandato de Dios era sobrevivir a toda costa. Me dio un poco de cosa, pensé que esté tipo con tal de sobrevivir se puede comer a cualquiera, no me extrañó que pase su vida viajando y asesorando a empresas: ¡la supervivencia a costa de todo! Nada de duelo, nada de dolor, todo alegría y ¡pun para arriba! Aquella columna vieja en que hablaba sobre el entenado finalizaba diciendo: "Es extraño... pero después de recordar esta historia uno tiene las sensación de que aquellos indios eran más civilizados que nosotros, que nos matamos y nos comemos unos a otros por cosas mucho menores, en todo momento. Las guerras modernas dan sobrada cuenta de esto". Hoy le agregaría algo en relación a las empresas, o a que vale todo, o que lo pasado pisado o peor aún, a que la tragedia estuvo justificada etcétera etcétera. No es cierto que la supervivencia esté por encima de todo, ni que si un nazi obliga a alguien a que mate a uno de sus dos hijos para que el otro sobreviva uno debe tomar una Luger y hacerse cómplice del asesino, no es cierto que haya que elegir por el mal menor. A veces la ética indica que es necesario morir, que no es lo mejor sobrevivir a toda costa. Con esos argumentos se lanzó la bomba atómica, a la que paradógicamente se la justificó en términos de que se hacía "en nombre de la paz". Carlitos Paez Vilaró debería leer El entenado, entender que hay tabúes que de atravesarse no son sin consecuencias, el incesto, por caso, la antropofagia en esa misma línea. Con ese criterio uno podría justificar el acostarse con la propia madre en aras de que se continue la especie. Lo simbolico está por encima de algunas cuestiones, y eso es lo que nos hace humanos, lo que nos diferencia de los animales. Si tuvo que atravesar una experiencia inhumana al menos no debería vanagloriarse tanto, tener otro rictus, y acusar algo de dolor, pero al parecer a este muchacho le explota la bomba atómica al lado y seguro no va a enterarse. Deberían verlo, supongo que en los archivos de America dos está el programa. Es una pena porque de RSM la Fabiani me cae bastante bien, y además está Tortonese, que me parece un gran actor y un tipo honesto, pero él no tiene nada que ver, ya que en esta nota no participó. En fin, hay de todo en la viña del señor. Moraleja: corran si están al lado de este muchacho y se le acaba el dinero, o lo que es peor, si en su vianda ya no quedan milanesas.
sábado 6 de junio de 2009
Publicado por Walter Motto en 11:43 7 comentarios
Está bueno
Foto Walter Motto
Va por épocas. A veces tengo ganas de escribir otras cosas, y volver al espíritu distendido de los almanaques, lo que se me ocurra, lejos de prejuicios, de cierta rigurosidad pretendidamente académica, profesional, cuando viene está bien, cuando no: hay que soltar y seguir a la cabeza, lo que ocurra en ella, o en el cuerpo, es más o menos lo mismo. En definitiva la literatura es más libre, o debería serlo y por si ese no fuese un buen argumento, este sitio comenzó siendo un homenaje a los almanaques, con eso tuvo que ver el primer post, una buena experiencia de novela colectiva, en algún punto, escrita hace más de diez años. Bueno son todas especulaciones, no se asusten los rígidos gendarmes de las ciencias humanas, este es un juego, quería comentar que acabo de escuchar South African Legends, del sello Putumayo: está bien, o al menos a mí me gustó. Me gustó el tema 7, unos fraseos de trompeta que aparecen por ahí, el tema es de un tal Hugh Masekela, creo que es pianista. El disco es parejo.
Abajo, en la calle, los autos pasaban a 70, hacen ruido, la avenida se pone molesta la mayor parte del día, pero no sería lícito decir que por ello no se disfruta el paisaje. Da un poco de pena, el río, la gente que camina, 25 grados a las diez de la noche en mayo, y muuuucha gente apurada que multiplica el ruido del empedrado para llegar como un loco al semáforo que lo espera en calle presidente Roca. Pero la noche está buena, a pesar de nosotros, los mortales. Se ven las luces del puente, un barco que viene del sur, una brisa suave, y dos chicos que despuntan algo así como sus diecisiete haciéndose unos mimos en el banco de enfrente, lo que se dice un canto al futuro.
sábado 23 de mayo de 2009
Publicado por Walter Motto en 2:23 2 comentarios
Andrés Carrasco, profesor de Embriología de la Universidad Nacional de Buenos Aires, investigador de Conicet, denuncia los efectos del glifosato

“Lo que sucede en Argentina es casi un experimento masivo”
Hace dos semanas denunció en el diario Página/12 los efectos devastadores del compuesto herbicida sobre los embriones humanos, además de asegurar que el glifosato es el causante de la muerte de los depredadores naturales del mosquito que transmite el dengue. Esperaba una reacción, “pero no tan violenta”: fue amenazado, le armaron una campaña de desprestigio y hasta afirmaron que sus investigaciones no existían. Carrasco contesta y renueva sus cargos contra las multinacionales químicas.
Por Darío Aranda, de "Página 12"
Amenazas anónimas, campaña de desprestigio mediáticas y presiones políticas fueron algunas de las consecuencias de un doble pecado, investigar los efectos sanitarios del modelo agropecuario y, más grave aún, animarse a difundirlos. En el segundo piso de la Facultad de Medicina de la UBA trabaja Andrés Carrasco, profesor de embriología, investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y director del Laboratorio de Embriología Molecular. Con treinta años de trabajo científico y académico, confirmó hace veinte días el efecto letal del glifosato en embriones, cuya marca comercial más famosa es Roundup, de la multinacional Monsanto. Sabía que vendría una réplica del sector, pero no esperaba que fuera de un calibre tan alto. “No descubrí nada nuevo. Sólo confirmé lo que otros científicos descubrieron”, explica, en su oficina pequeña y luminosa. Pasaron dos semanas complejas, con una campaña de desprestigio que aún no termina. Prefirió el silencio y avanzar en nuevas pruebas. Hasta que pusieron en duda la existencia de su investigación. “Creen que pueden ensuciar fácilmente treinta años de carrera. Son hipócritas, cipayos de las corporaciones, pero tienen miedo. Saben que no pueden tapar el sol con la mano. Hay pruebas científicas y, sobre todo, hay centenares de pueblos que son la prueba viva de la emergencia sanitaria.”
Veinte días atrás, cuando este diario difundió su investigación, ninguna empresa ni medio del sector retomó el tema. Pero tres días después se conoció otro hecho, inesperado: la Asociación de Abogados Ambientalistas presentó un amparo ante la Corte Suprema de Justicia, por el cual solicitó la prohibición de uso y venta hasta tanto no se investiguen sus efectos en la salud y el ambiente. Las empresas encendieron luces amarillas y comenzaron con comunicados, alarmadas por la posible baja de rentabilidad. Cinco días después, el lunes 20, el Ministerio de Defensa prohibió la siembra de soja en sus campos, haciéndose eco del efecto nocivo del agrotóxico. Fue un hecho político inédito, una cartera nacional alertó sobre los males de los agroquímicos. En ese momento, empresas, cámaras del sector, medios de comunicación y operadores políticos declararon el alerta máxima. Nunca antes las multinacionales del agro y sus voceros habían reaccionado tan violentamente. Durante toda la semana montaron una campaña en defensa de los agrotóxicos y, al mismo tiempo, de desprestigio hacia las voces críticas. El temor de los sostenedores de los agronegocios es la prohibición de su agrotóxico más famoso, uno de los químicos emblema del modelo agropecuario actual.
Glifosato, toxicidad
y reacciones
–¿Esperaba una reacción como la que se dio?
–No. Fue una reacción violenta, desmedida y sucia. Sobre todo porque no descubrí nada nuevo, sólo confirmé algo a lo que otros habían llegado por otros caminos. Por eso no entiendo por qué tanto revuelo de las empresas. Hay que recordar que el origen del trabajo se remonta a contactos con comunidades víctimas del uso de agroquímicos. Ellas son la prueba más irrefutable de lo que yo investigué con un sistema y modelo experimental con el trabajo de hace 30 años, y con el cual confirmé que el glifosato es devastador en embriones anfibios; aun en dosis muy por debajo de las usadas en agricultura, ocasiona diversas y numerosas deformaciones.
–¿Los resultados son extrapolables a la salud humana?
–Los modelos animales de vertebrados que hoy se usan en la investigación embriológica tienen una mecánica del desarrollo embrionario temprano y una regulación genética común. Los resultados deben ser considerados extrapolables cuando un impacto externo los altera. El mundo científico lo sabe, y funcionarios de los ministerios también. Por eso, cuando encontré esas evidencias surgieron dos cuestiones a resolver, cómo seguir la investigación para saber cuál es la mecanística de un efecto que altera la forma normal del embrión, lo cual está en marcha. Y la otra decisión era cómo darla a conocer.
–¿Por qué la difusión se transforma en un problema?
–Porque no hay canales institucionales confiables que puedan receptar investigaciones de este tipo, con poderosos intereses en contra. Entonces la decisión personal fue hacerla pública, ya que no existe razón de Estado ni intereses económicos de las corporaciones que justifiquen el silencio cuando se trata de la salud pública. Hay que dejarlo claro, cuando se tiene un dato que sólo le interesa a un círculo pequeño, se lo pueden guardar hasta tener ajustado hasta el más mínimo detalle y lo canaliza por medios para ese pequeño círculo. Pero cuando uno demuestra hechos que pueden tener impacto en la salud pública, es obligación darle una difusión urgente y masiva.
–¿Es una práctica común dar difusión a un avance científico antes de estar publicado en una revista científica?
–Es algo totalmente común. En el país hay instituciones que todos los días difunden sus progresos científicos, que hasta poseen agentes de prensa que difunden los avances; nadie los cuestiona y los medios de comunicación los replican sin preguntar. Difunden progresos, sin papers, sin publicaciones y está muy bien. Pero claro, esas difusiones no afectan intereses de grupos poderosos.
–Pero existe una tensión en el ámbito científico sobre cuándo dar a conocer un avance.
–La tensión es si la divulgación debería esperar a ser “aprobado” (remarco las comillas porque es todo un tema aparte, que lleva años). Ahora, si la investigación tiene implicancias más allá de lo académico, afecta a la sociedad, el dilema moral es si me lo guardo hasta que termine el más mínimo detalle y mi narcisismo esté satisfecho, o prendo el alerta. Yo decidí dar la alerta, e insisto en que no es nada nuevo, hay antecedentes claros como Robert Belle y Gilles-Eric Seralini, que han hecho estudios con otros modelos, publicados, y con resultados más importantes que los míos. Lo que tendrían que hacer las instituciones, en vez de atacarme, como está sucediendo desde algunos funcionarios y las empresas, es informarse y comenzar a trabajar para remediar lo sucedido.
–Las empresas, y los medios, de los agronegocios sostienen que no hay estudios serios.
–Hay investigaciones en diversas partes del mundo y son muy serias, como las que acabo de mencionar. Las empresas y sus periodistas empleados descalifican una investigación, pero al mismo tiempo no escuchan la catarata de cuadros médicos palpables en las zonas sojeras; las provincias están plagadas de víctimas de agrotóxicos, pero ahí los diarios no quieren llegar, y mucho menos las empresas responsables. No entiendo por qué mi relato tiene más importancia que el de las Madres de Ituzaingó (barrio de las afueras de Córdoba, emblema de la contaminación con agroquímicos). Los médicos de las provincias están desde hace años denunciando, los campesinos y las barriadas urbanas también. Y queda todo silenciado. Es una evidencia de la realidad y es incontrastable. Yo me inspiré en esa realidad y los resultados son los conocidos. Las empresas del agro, los medios de comunicación, el mundo científico y la dirigencia política son básicamente hipócritas respecto de las consecuencias de los agrotóxicos, protestan y descalifican una simple investigación pero no son capaces de observar las innumerables evidencias médicas y reclamos en Santiago del Estero, Chaco, Entre Ríos, Córdoba y Santa Fe.
–¿Qué otros trabajos existen?
–Belle y Seralini en Francia. También hay trabajos de la Universidad Nacional del Litoral y de investigadores como Alejandro Oliva, de Rosario, que contó con la colaboración del INTA y Federación Agraria. Hay relevamientos de los doctores Rodolfo Páramo (Santa Fe) y Darío Gianfelici (Entre Ríos). No son muchos estudios, pero existen, son serios y están disponibles.
–¿Por qué el sector científico no estudia?
–Porque no en todo el mundo hay tan enorme cantidad de hectáreas con soja como se da en la Argentina. Hay casi 18 millones de hectáreas. Desde el punto de vista ecotoxicológico, lo que sucede en Argentina es casi un experimento masivo.
Las corporaciones y la ciencia
–Se intentó deslegitimar su investigación diciendo que la UBA y el Conicet no sabían de su trabajo.
–La UBA y el Conicet son organismos de gestión, no tienen por qué conocer todo lo que hago yo o lo que hacen todos sus investigadores. Está dentro de nuestras facultades definir las líneas de trabajo, investigar y dar a conocer resultados. Es la lógica de la investigación. Por eso yo no tengo que pedir autorización para iniciar una idea o un tema nuevo y ellos no tienen por qué conocerlo, porque la ciencia no funciona con organismos fiscalizadores de los temas que elegimos. Forma parte de la libertad académica, nos movemos por hipótesis, preguntas y desarrollamos investigaciones. También se dijo que el Conicet, como institución, no suscribió a mi investigación. Y es verdad, porque no se lo pedí y no tiene por qué suscribir en el marco de una idea nueva dentro de la amplitud de un proyecto. Es lo que sucede en centenares de investigaciones que se realizan. Que quede claro, el Conicet no tiene responsabilidad sobre mis decisiones. Es una decisión personal, como corresponde, no institucional. Y está dentro de mis facultades. Tampoco se requiere autorización institucional para desarrollar investigaciones, aunque sabemos que algunas son más resistidas que otras.
–Son públicos los convenios entre Conicet y la minera Barrick Gold, y también con Monsanto, con la cual hasta contaban con un premio de investigación conjunto (“Animarse a Emprender”). ¿Las investigaciones que pudieran ser críticas con esos sectores son menos bienvenidas que otras?
–(Sonríe.) Prefiero no responder.
–¿Usted podría investigar para Monsanto?
–Desde ya. El Conicet y la UBA lo permiten. Es más, muchos científicos trabajan desde hace años para empresas de biotecnología bajo la figura de asesor-consultor, por la cual el Conicet permite hasta doce horas semanales que sus investigadores provean servicios al sector público o privado.
–Se acusa a su investigación de no estar validada en una publicación científica.
–Es una chicana barata, de cuarta, que sólo muestra el temor de las empresas. En el mundo científico es sabido que la validación de un trabajo no se da por su publicación en una revista del sector. Es más, los científicos somos testigos de errores e incluso fraudes que se publican en revistas especializadas. Muchas veces se publica algo y luego se demuestra que es erróneo. Y, por otro lado, muchas veces hay investigaciones que no se publican no porque sean malas, sino porque a la revista no le interesa, sea por línea editorial o intereses en juego. Un ejemplo personal: en 1984 descubrimos genes muy importantes para el desarrollo embrionario, genes Hox. Publiqué dos papers en Cell, una de las mejores revistas del mundo, y había quienes creían y quienes no. Tuvieron que pasar años para que la comunidad científica lo validara.
–El Laboratorio de Embriología es dependiente del Conicet. ¿Su trabajo tiene que ser validado por el Conicet?
–Que por favor quede claro, ni el Conicet ni un comité editorial validan investigaciones, lo que hacen es evaluar la evidencia que uno presenta y juzgan la solidez desde la presentación. No tienen forma de verificar los resultados en forma práctica. La única certeza de una validación se da en que otros investigadores puedan repetir de forma sistemática, y hasta perfeccionada, los resultados de la investigación realizada.
–¿Cuándo va a compartir su trabajo para ponerlo a discusión de la comunidad científica?
–En breve. Debo terminar algunos ensayos y estará listo. Lo que más quiero es pasárselo a colegas, investigadores que repliquen el trabajo. De hecho ya lo he compartido con pares del país y del exterior. Desde ya que debieran ser estudios independientes, no los provistos por las corporaciones o espacios del Estado a su servicio.
–¿Monsanto podría replicarlos?
–Si contrata investigadores idóneos, sí. No tengo dudas de que lo hará y todos sabemos a qué resultados llegarán.
–¿Cómo continuará la investigación?
–Ya confirmamos las malformaciones. Ahora estamos avanzando en conocer cuál es el mecanismo de acción, es un paso más. Como es un trabajo científico, continuaré con el grado de libertad académica de que dispongo, tratando de ver cuáles son las causas mecanísticas y moleculares de las observaciones hechas para publicar los resultados. Aparte del anfibio, que nos sirve de modelo, extenderemos los experimentos a otros modelos de desarrollo embriológico, como aves.
–¿Puede suceder que, con estas nuevas pruebas, los resultados difundidos –de malformaciones– no se repitan?
–No hay forma. Porque fueron experimentos controlados, en los que fuimos rigurosos. Y, además, porque ya hay evidencia científica que va en ese sentido. Por eso, insisto, no descubrimos nada nuevo. Yo llegué a un resultado y creo en él. Si la comunidad científica llega a otra conclusión, bienvenido sea. El centro del problema no debiera ser esta investigación. Sería querer tapar el sol con la mano. Yo sólo aporté un punto más a la discusión. Pero hay sectores que quieren cerrarla, ni siquiera por convencimiento ideológico, sólo por conveniencia económica.
–Se acusa a su trabajo de usar un método erróneo con el glifosato, y que por eso los resultados son devastadores: que las concentraciones de la experimentación nunca son las que eventualmente podría recibir un humano al ser aplicado en el campo. Hubo quien mencionó que “si ponemos gasoil en el vaso de leche, claro que ocasionará intoxicaciones, y no por eso se prohibirá el combustible”.
–Ese tipo de afirmación tienen varias facetas. Por un lado, muestra desconocimiento biológico, lo cual es entendible para quien no se dedica a esta rama de la ciencia. Pero, en boca de los voceros de las corporaciones, también muestra una intencionalidad lejana a la inocencia, con intenciones de desprestigiar una estrategia de análisis mundialmente aceptada. Entonces sí me parece una comparación poco seria, maliciosa e hipócrita. Es sabido, tanto en la comunidad científica como en el sector agropecuario, que la aspersión del herbicida afecta ecosistemas, operando directa o indirectamente sobre insectos y otras especies animales cuando se ponen en contacto con el herbicida. O sea que además de células vegetales, también afectan organismos compuestos por células animales. Nuestros experimentos alertan que tanto el cóctel comercial como la droga pura en células animales generan alteraciones del desarrollo embrionario. Por lo tanto el glifosato dentro de la célula embrionaria altera el funcionamiento celular, tal como sucede en las células vegetales de las malezas. Por otra parte, ya está probado que los herbicidas se trasladan por la acción del viento. Es una prueba de la realidad, incontrastable, el padecimiento de familias de campos linderos y de barrios cercanos a las fumigaciones. Por lo tanto, el glifosato puede atravesar barreras respiratorias y/o placentarias y entrar a las células embrionarias, incluso existen avances científicos en esa dirección, como también existen registros de glifosato y de sus posibles metabolitos presentes en mujeres embarazadas. Esto podría correlacionarse con potenciales efectos malformativos. Por lo tanto, desentrañar si el glifosato puro inyectado tiene efectos sobre el comportamiento de células embrionarias animales durante el desarrollo era ineludible en una estrategia experimental correcta, e insisto que utilicé una estrategia de análisis clásica de la investigación científica.
–¿Cree que hay que prohibir el glifosato?
–En mi trabajo yo no planteo eso. Y no es de mi competencia proponer una medida de ese tipo. Lo único que afirmo, respaldado en 30 años de estudio en la regulación genética embrionaria, es que este producto genera alteraciones en el desarrollo, estoy seguro de eso.
–Sus resultados no se corresponden con la clasificación del Senasa o las recomendaciones de la Secretaría de Agricultura.
–Es un claro problema de ellos, que lo clasifican como de baja toxicidad. Todo lo contrario de lo que afirman estudios diversos, que confirman la alteración de mecanismos celulares y, sobre todo, contrario a lo que padecen familias de una decena de provincias. Es de locos pensar que no pasa nada.
domingo 3 de mayo de 2009
Publicado por Walter Motto en 10:13 0 comentarios
Sobre la "elección" del olvido y el recuerdo, la memoria en Borges, ... o en Nietzsche
En el año 1942 Jorge Luis Borges publica “Funes el memorioso”, un cuento fantástico que transcurre en 1887, doce años antes de que naciese Borges. El cuento es narrado en primera persona y Borges a través del recuerdo, del suyo, presenta el cuento de marras excusándose por las posibles lagunas que pudieran presentarse al calificarse como alguien “que no tiene el derecho a pronunciar ese verbo sagrado”.
Ireneo Funes era un indígena uruguayo que tenía una vida similar a la que podemos tener todos nosotros, recordaba alguna cosas, olvidaba la mayoría de ellas, percibía miles de sensaciones pero sólo hacía conciente algunos pequeños restos de las voces que escuchaba, de las imágenes que se presentaban frente a él, de los inconmensurables juegos y movimientos que realizaron las nubes meridionales el día tal o cual.
Igual que nosotros, hasta que tiene un accidente a los diez y nueve años: se cae del caballo. Al caerse Funes pierde el conocimiento. Al volver en sí el recuerdo se potencia infinitamente, recuerda sin pérdidas, recuerda cada segundo, reconstruir el recuerdo de un día le lleva exactamente un día, porque Funes está incapacitado para narrar, para hacer historia, Funes, entonces, sólo recuerda.
Funes ha quedado incapacitado para moverse, condición que poco le afecta. Ha “ganado” una memoria de anticuario, infalible, y que puede retener y percibir todo como ha sucedido en el momento en que se sucedieron los hechos.
Borges tiene un encuentro con Funes que comienza un 14 de febrero, por la noche, en el rancho de Ireneo, cuando nuestro autor va a recoger algunos libros que Borges le había prestado. Allí, se encuentra “con la voz burlona de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria . Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo de capítulo xxiv del libro vil de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn.
Ireneo había leído una sola vez la Naturalis historia de Plinio, sin embargo podía recitarla de punta a punta, en latín y en español. Tenía una absoluta capacidad de retención. “Ciro, el rey de los persas, el que conocía el nombre de todos los soldados de sus ejércitos: Mitridates Eupator, quien administraba justicia en las veintidos lenguas de su reino; Simonides, el inventor de la mnemotécnica; y Metrodorus, quien dominaba el arte de repetir a la letra lo que había oído tan solo una vez. Ireneo después de su caída sabía exactamente cómo eran las formas meridionales de la salida del sol el 30 de abril de 1882, en su recuerdo las podía comparar con las vetas de un volumen que había visto
una única vez y con las líneas de espuma que dejó un remo sobre las aguas del Río Negro la tarde anterior. Dos o tres veces incluso reconstruyó un día completo: no dudó ni un momento, pero cada una de esas reconstrucciones exigió veinticuatro horas.
Hasta aquí más o menos, las características más salientes de Funes el memorioso, hay otras que quizá iré desarrollando más adelante. Hasta podrían plantearse algunas cuestiones en relación al olvido y la memoria.
Decir por ejemplo que se necesita dar una estructura de significado al pasado para poder así convertirlo en historia, cosa que no puede hacer Ireneo, ya que no hay estructura ni significado en su relato, no hay un contar, hay una mera repetición. Ireneo Funes entonces es un estúpido que no entiende ni la historia, ni sabe lo que es pensar, que no puede comparar diferencias, porque no puede hacer lugar a ello, porque Funes lo único que hace es repetir como un loro.
La psicoanalista Liliana Baños nos dice en su texto La memoria y el olvido: (...) “pesada carga la imposibilidad del olvido. Se debe poder olvidar para constituir un pasado. Transformar la ausencia o la pérdida en una presencia permanente es quedar atrapado en un presente pasado que impide recordar. Paradoja curiosa, Funes el memorioso estaba condenado a no poder recordar, ni olvidar. Todo era presente para el personaje de Borges. la memorización no es memoria.
La memoria implica poder olvidar y recuperar lo olvidado en el discurso.”
En ese sentido confluye también una frase de Nietzsche, autor leído por Borges y que es referenciado rápidamente en “Funes el memorioso”. Borges toma de un libro no muy conocido de Nietzsche “De la utilidad y de los inconvenientes de los estudios históricos para la vida”, el corazón para escribir su Funes, después sí nos seduce con su pluma innumerable. Dice Nietzsche: “Sólo por la capacidad de utilizar lo pasado para la vida y de volver a hacer historia de lo pretérito, el hombre se vuelve hombre; pero en un exceso de historia, el hombre vuelve a dejar de serlo; sin ninguna envoltura ahistórica nunca habría comenzado a serlo ni se hubiera atrevido a comenzar" (pensar en el aparato psíquico, la amnesia infantil, etcétera).
La supuesta memoria de Funes lo ha condenado al letargo y la ausencia de emociones. Funes tiene un torrente perceptual de cosas efímeras. Funes no puede olvidar, ni jugar, ni soñar, ni desentenderse un instante, porque Funes ha sido condenado,
“tiene más recuerdos que los que tuvieron todos los hombres desde que el mundo es mundo” (Borges). La inmovilidad y la anestesia son el precio que debe pagar por su “memoria” infalible.
Utilizar lo pasado para la vida, volver a hacer historia de lo pretérito.
No es el pasado congelado, como una mera repetición, lo que nos convierte en sujetos históricos, sino que somos sujetos históricos si podemos dar a ese pasado una estructura, un significado. El pasado es a construir, esas marcas, esas pautas, son a construir, a narrar, a novelar. Solo así podemos hacer nuestra historia y tener una historia. Recortar, recortar de lo real algo, convertirlo en finito, en realidad. Recortar como recorta un cineasta las cientos de horas filmadas para quedarse con una o dos y poder contar una historia. Remarcar algunos hechos, descartar otros, poner en dudas a otros tantos, volver a escribirlos. Filmar algo con todo eso, contar desde esas dudas y desde algunas certezas, desde ese retorno de aquellas horas apuradas donde se inscribieron cosas, donde se filmaron, con la prisa, sin entender en su plenitud lo que se estaba filmando. Para así después intentar dar un orden, ver como vuelve eso que estaba olvidado, ver como presentamos eso recortado que es nuestra historia.
viernes 3 de abril de 2009
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Desbienes
Texto leído en la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario para el aniversario del número tres de la revista “Desbienes”, y que fue creciendo, junto a alguno de nosotros, a la sombra reparadora de quien fuera un maestro y un amigo entrañable y que, lamentablemente, muy pronto partió.
Hay varias maneras de dar cuenta del título de esta revista, una sería leer el prólogo de este número, que básicamente fue escrito por Sergio Saavedra, yo sólo me limite a realizar algunos agregados y a ponerle mi firma. Este número tres es una bella excusa para traerlo aquí, como desde su ausencia lo venimos haciendo y lo seguiremos haciendo a través de sus anécdotas, de sus produccciones, de su esposa nuestra amiga, de la incansable belleza de sus hijos, de las charlas entre paciente y paciente, supongo que es la forma más sana y más efectiva, Samuel Butler, un poeta, nos dice algo similar:
“ Habremos perdido hasta la memoria de nuestro reencuentro...
Sin embargo nos reuniremos, para separarnos y reunirnos de nuevo.
Allá donde se reúnen los hombres difuntos: sobre los labios de los vivos”
La otra forma de dar cuenta de porque Desbienes es la que ahora intento:
“No concibo que al paso con qué se prepara ese marco, que será cuidadoso, se los aseguro, pueda constituir otra cosa más que un desconocimiento sistemático y de principio de todo lo que se trata en el asunto, a saber, de aquello de lo que aquí les hablo. Los programas que se diseñan como debiendo ser los de las ciencias humanas no tienen a mi parecer otra función que la de ser una rama, sin duda ventajosa aunque accesoria, del servicio de los bienes, en otros términos, de los poderes más o menos inestables. Esto entraña, en todos los casos, un desconocimiento no menos sistemático de todos los fenómenos de violencia que muestran que la vía del advenimiento de los bienes en el mundo no anda sobre ruedas. “Así empezó Desbienes, y esa cita de Lacan fue escrita por Sergio Saavedra en el año 98.
Esto lo dice Lacan en 1960 y para muestra, basta en primer lugar la Argentina de la década pasada, la Argentina de ese corrupto que adoraba los “bienes” y que se llamó Carlos Menem.
Los bienes se sabe, corren a la par del consumo y el consumo viene diciendo lo suyo desde hace mucho tiempo. Sabemos, se opone al deseo.
Lacan nos aclara: “¿Qué proclama Alejandro llegando a Persépolis al igual que Hitler llegando a París? Poco importa el preámbulo -he venido a liberarlos de esto o aquello- Lo esencial es lo siguiente : Continúen trabajando. Que el trabajo no se detenga. Lo que quiere decir: Que quede bien claro que en caso alguno es una ocasión para manifestar el más mínimo deseo.
“La moral del poder, del servicio de los bienes es; en cuanto a los deseos pueden ustedes esperar sentados. Que esperen”.
Más adelante articulará tres proposiciones que corroboran, entre otras cosas, los riesgos a los que está expuesto el hombre moderno, además de que la cuestión de aplastar el deseo no nace con el Neoliberalismo. La pronuncia el 6 de julio del 60 y dice: “La única cosa de la que se puede ser culpable es de haber cedido en su deseo.
Segundo, la definición del héroe, aquel que puede ser impunemente traicionado.
Tercero, esto no está al alcance de todo el mundo, y es la diferencia entre el hombre común y el héroe. Para el hombre común, la traición, que se produce casi siempre, tiene como efecto el arrojarlo definitivamente al servicio de los bienes, pero con la condición de que nunca volverá a encontrar lo que lo orienta verdaderamente en ese servicio.
El consumo se impone locamente al hombre del siglo XXI . Con él los nuevos parámetros mundiales y sus controles sociales, las guerras del Golfo, pero lección aprendida de Vietnam mediante, en su versión diet de jueguitos de video, de buenos y malos. Luego Afganistán, Irak, y sigue. Exclusión social y respuestas globales, pero básicamente dejando al margen al singular deseo del sujeto humano. El hombre del nuevo milenio seguramente deberá luchar contra ese corset. Sobretodo porque desde el pronunciamiento que Lacan hace en el 60 ciertas variables sociales se imponen hoy con una crudeza jamás imaginada.
Vuelve a decir Lacan: “Creo que a lo largo de este período histórico, el deseo del hombre largamente sondeado, anestesiado, adormecido por los moralistas, domesticado por los educadores, traicionado por las academias, se refugió, se reprimió, muy sencillamente, en la pasión más sutil y también la más ciega, como nos lo muestra la historia de Edipo, la pasión del saber. Es ella quien está marcando un paso que aún no ha dicho su última palabra.
“Uno de los rasgos más entretenidos de la historia de las ciencias es la propaganda que los científicos y los alquimistas hicieron ante los poderes, en la época en que comenzaban a volar un poco, diciéndoles -Dénnos dinero, ustedes no se dan cuenta, si nos dan un poco de dinero, cuántas máquinas, cuántas cosas y máquinas pondríamos a vuestro servicio. ¿Cómo pudieron los poderes dejarse agarrar? La respuesta a este problema debe buscarse del lado del desmoronamiento de la sabiduría. Es un hecho que se dejaron agarrar, que la ciencia obtuvo créditos, gracias a los cuales tenemos hoy esta venganza encima.
Venganza que se despliega e inunda como las olas, sin reflexionar, aunque si las olas reflexionasen la cosa tampoco sería mejor, ya lo dijo Cioran: Si las olas reflexionaran creerían que avanzan. Que tienen un objetivo, que progresan, que trabajan para el bien del Mar, y llegarían a elaborar una filosofía tan necia como su obstinación”
La solución debemos encontrarla nosotros porque las olas no reflexionan.
La ciencia y el consumo, en esa mezcla que no tiene límites, intenta todo el tiempo imponer su modelo en todos los terrenos, la genética por ejemplo. Genes de la homosexualidad, pastillitas del placer, etcétera. Una confiabilidad que suponen sin falta, orillando el absoluto. Nada mejor que un laboratorio para borrar disfunciones, síntomas y fallidos, para borrar al Otro. Cuestión que nos empuja al más fuerte de los segregacionismos: a través de la genética puedo suprimir las diferencias. Con la clonación el otro, el semejante, pierde todo lugar en la vida porque la filiación pasa a ser una cosa de ingenieros. Ya no existe ni la palabra del otro, ni la identificación con el otro, ni el amor filial, ni algún tipo de espejo, porque el espejo, eso que devuelve y construye esas marcas de lo que somos, no fue pensado para que tenga “fallas”.
La genética nos plantea hoy, quizá, la misma discusión que se dio en algún momento con la energía nuclear, o se usa para acá o se usa para allá. El semejante de la ciencia y el consumo es un semejante pensado para cierta moral, y la moral, se sabe, es algo que tiene que ver con las costumbres y con las órdenes, con lo maniqueo, en definitiva con lo que se acepta como válido, pero como válido para el Poder. Por eso en el orden de lo moral la responsabilidad del sujeto se presenta sólo en cuanto a aceptar lo que proviene del Poder, de eso que implica un “orden”, un orden moral.
Por otro lado aparece la ética, que implica una reflexión sobre esa moral, más allá del Poder, o sin sentirse condicionado por el Poder. Implica una reflexión y una responsabilidad frente a lo que dice el otro, el otro semejante o el otro como un gran aparato social.
Entonces tenemos que en el reinado de los bienes se establece un Amo, un Amo al que hay que dar respuestas, y, se sabe, un Amo siempre supone esclavos. La eliminación de un grupo étnico en aras del “bien supremo” implica una moral, pero no una ética. El lanzamiento de la bomba atómica implica una moral, a la que paradójicamente se definió como “por la paz del mundo”, pero no una ética.
Freud nos decía: Puesto que la Cultura impone tantos sacrificios no sólo a la sexualidad, sino a la inclinación agresiva del ser humano, comprendemos mejor que los hombres se sientan dichosos dentro de ella. De hecho al hombre primordial las cosas le iban mejor, pues no conocía limitación alguna de lo pulsional. En compensación era ínfima su seguridad de gozar mucho tiempo de semejante dicha. El hombre culto ha cambiado un trozo de posibilidad de dicha por un trozo de seguridad”.
A la frase que antecede podemos agregarle un concepto de Lacan sobre la falta-de- ser y la búsqueda constante de plenitud: “(...) así el advenimiento en el tercer estadio de la constitución del sujeto, el advenimiento del Nombre del Padre, marca la entrada del hombre en el universo simbólico, en la ley del padre. El niño ha dejado de constituir el falo para la madre y debe advenirse como sujeto desde la falta, como vacío, como hueco, como abertura”, también como posibilidad.
Allí surgirá el deseo que a partir de sustitutos se alejará de aquél lugar. En ese sentido podemos preguntarnos: ¿no será que los Bienes, los bienes con mayúscula, los bienes a costa de millones de marginados, que se consiguen inescrupulosamente, como un salvaje hombre primitivo elevado a la enésima potencia que arroja destrucción a propios y extraños, no será entonces que los bienes que nos presenta hoy al menos este Capitalismo le confieren al sujeto la ilusión de completud, de la que sabemos es estructuralmente imposible?
Por eso fue pensado el nombre. En contra de una década de poder ilimitado que arrasó con el país. Contra un saber que se pretende total y dueño exclusivo de la vida de las gentes. Entonces, la cuestión sería que donde hay bienes haya desbienes, que el sujeto no quiera acumular sin saber, que pueda trocar la repetición voraz del acumular por un discurso, aquel que sostiene desde su deseo y su responsabilidad. Aquel donde la palabra sigue siendo medida del hombre. Para finalizar, quería citar otra frase de Cioran, que me parece, representa a Sergio y con ello a esta Revista que nació con gran esfuerzo con la única intención de que la gente - los que quieran, los que se acerquen- se junte a escribir y a discutir, dice así: "Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates intentaba aprender un aire de flauta. ¿Para qué quieres aprenderlo?, le preguntaron. Para saberlo antes de morir. Si me atrevo a recordar esta respuesta, trivializada en los manuales, es porque me parece la única justificación seria de la voluntad de conocimiento, tanto si se practica en el umbral de la muerte como en cualquier otro momento". Muchas Gracias.
sábado 14 de marzo de 2009
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El abuelo español
El muchacho, mientras me aclara que no cree en la reencarnación, despliega un papel que estaba doblado en cuatro y me lo extiende, después me dice, este papel pertenece a mi vida anterior.
Quiero decir, agrega, pertenece a un tipo que más tarde fue parte de mí, y que una mañana se decidió a cruzar el océano, cuando yo estaba en París, en un repollo, o aún no figuraba en los planes de nadie.
El papel en cuestión, que desdobla cuidadosamente, es un añejo rectángulo de unos 14 por 21 centímetros. Se trata de un boleto de embarque, o mejor, y según está impreso en el mismo, de un billete de emigrante, personal e intransferible. Continúa: Y con las letras violetas de un sello de la época, en el vapor Infanta Isabel de Borbón, con salida a las 8 de la mañana.
Un simple –pero prehistórico, ya por ser su antepasado, ya por el encuentro que tiene después de tantos años y que ahora, al contarme, está escribiendo nuevamente- boleto de embarque. Es decir, en absoluto se trata de un simple boleto de embarque. Es más, podría decirse que es algo así como una previa cigüeña que está partiendo, no de París, sí de Barcelona, que está pariendo, y vía el posterior cruce con una tal Encarnación Mirada –que luego será la abuela del narrador- descendencia".
Tiene el número 3428 y las letras más destacadas hablan, textuales, de Compañía Trasatlántica = Barcelona.
Fue expedido el día 3 de diciembre de 1925 para embarcar un día después en el puerto de esa ciudad con destino a Buenos Aires y escala en Málaga, Cádiz, Tenerife. Montevideo.
El nombre del pasajero, nacido en Balaguer el 19 de febrero de 1910, provincia de Lérida, donde hay vino y buenos pastos –me dice elevando las cejas- que sí sabe leer, que sí sabe escribir, y de profesión agricultor, es Francisco Olives Eroles. Continúa el muchacho describiendo el boleto –y su historia- . De sexo V (varón) y edad 15 años, en realidad quince años y nueve meses, con cartera de identidad serie C número 86210.
Que pagó, o le pagaron sus padres, aunque quien podría dudar que el paga en esas circunstancias es ese viajero adolescente que se embarca hacia una tierra desconocida e incierta, 550 pesetas, en efectivo, y en clase tercera, a saber mi abuelo, pronuncia con una sonrisa nostálgica.
Hay un sello un tanto obsceno que sobresale bastante más allá de ese boleto y en caracteres tipo cartel que seguramente haría las veces de paliativo para atenuar una de las tantas paranoias de los hombres que gobernaban estas tierras. Quiero decir, me dice el muchacho, una de las tantas, porque después se ocuparían de saber qué pensaban, qué costumbres traían, qué ideología, cómo concebían que debía ser este mundo que se les abría. De eso se ocuparían después y la historia sería testigo suficiente del temor a los inmigrantes, como a lo desconocido. Pero bueno, el sello en cuestión apuntaba en principio a cuestiones de normalización en relación con cierta política biológico sanitaria. Decía, en letras que abarcaban casi la totalidad del ancho del boleto, VACUNADO.
Después de tanto viaje ancló en Cañada Rica, nombre extranjero para el hombre ya que no tuvo otra posibilidad que la de ser peón. Lo cierto es que el joven balagariense fue a dar en una casita de caña y paja ¿casita? de esa cañada para él no tan rica. Es decir que no fue a dar a una casita sino a eso que se utiliza para guardar los marlos y que se conoce como troja, con el agravante de que los dos primeros días no pudo pegar un ojo porque los sapos se subían a su catre despertándolo durante toda la noche. Y lo cierto es también, y tal como una vez le confesó a Rogelio, su hijo más chico, que si le hubiesen sobrado cinco pelas inmediatamente se volvía para España.
Después de tantos intentos se instaló definitivamente en Máximo Paz, donde luego de arrendar un campo de cuarenta hectáreas finalmente fue dueño de su trabajo, es decir, propietario. Recién en el año 59 y ya junto a su esposa pudo regresar a su tierra y ver a sus padres. Entre esa descendencia pueden contarse los primeras canciones de un coterráneo llamado Joan Manuel Serrat. La historia continúa, seguramente algún día seguiremos con estas cosas que cada tanto me cuenta este nieto, como la mayoría de nosotros, de inmigrantes. Se me ocurren al menos dos comentarios, uno, ¿qué pensaría ese abuelo si supiese que sus nietos tienen tantos inconvenientes para ir a esa tierra querida desde donde él partió una vez, si es que aún no pudieron obtener la ciudadanía? Tantos inconvenientes que los hacen ser sospechosos de delinquir.
miércoles 11 de marzo de 2009
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Edipo o la muerte del padre: la venganza. El mito de Sófocles narrado por un niño
-Mi familia es mi papá, mi mamá, mi hermana y yo. Me gusta la lluvia porque es muy coquetuna. La vida es morir.
-¿Y por qué se te ocurre esa frase?
Y porque se me ocurrió, se me ocurrió y se me ocurrió.
-Sí... es una frase, pero podés explicarla, porque no es lindo morir, entonces por qué esa frase?
-Porque sí, porque por ahora es la única palabra que tenía.
-¿Qué es para vos la muerte?
-Para mí la muerte es la venganza.
-¿Por qué la venganza?
-Y porque creo que es la venganza.
-¿Contra quién te querés vengar?
-Todavía contra nadie.
-¿Y que idea tenés de la venganza?
-Y la venganza para mí es la muerte y la muerte es la venganza.
-¿Y eso de dónde lo sacaste, dónde lo escuchaste?
-De ningún lugar, lo inventé.
-¿Qué se te ocurre con algo que tenga que ver con la vida? ¿Vos sabés como apareció tu vida?
-Naciendo.
-¿Sabés como naciste?
-Alimentándome.
-¿Quién te alimentó?
-Mi mamá y mi papá.
-¿Entonces tu papá y tu mamá te dieron la vida?
(Risas)
sábado 21 de febrero de 2009
Publicado por Walter Motto en 18:17 2 comentarios
El comentario que sigue fue extraído del sitio web www.tomajazz.com/discos
"El fraseo de Chet", 2003, lápices de acuarela, Walter Motto

1. Chet Baker. Chet. Riverside
Si Chet tuviera algun disco perfecto, uno de los candidatos sería el disco que grabó para Riverside, titulado simplemente “Chet”. Un disco que, curiosamente, no ha sido muy ensalzado por la crítica jazzística al uso. Chet Baker. Chet. Riverside 1135 Alone Together, How High the Moon, It Never Entered My Mind. ‘This Autumn, If You Could See Me Know, September Song, You’d Be So Nice to Come Home To, Time on My Hands, You and the Night and the Music.Chet Baker. Trompeta. Pepper Adams. Saxo Barítono, Herbie Mann. Flauta, Bill Evans. Piano, Paul Chambers. Bajo, Connie Kay o Philly Joe Jones. Batería. Kenny Burell. Guitarra. Grabado en los estudios RVG, New Jersey, Dic 1958 y Enero 1959. Grabado en dos sesiones en Diciembre de 1958 y Enero de 1959, es un disco que mantiene una continuidad ambiental. Nos ofrece una incursión de lleno y sin interrupciones al mundo de la balada donde el trompetista se desenvuelve como pez en el agua. Temas que normalmente tienen un tratamiento más ligero como How High the Moon son llevados también a este terreno. En el disco colabora lo más brillante del elenco de Riverside de la época. Bill Evans, Pepper Adams, Herbie Mann, Paul Chambers, Connie Kay y Philly Joe Jones. Es por tanto una de las pocas ocasiones en las que el Maestro y Bill Evans grabaron juntos. El pianista, sin ser protagonista, hace una contribución muy importante al disco. Su primer acorde en el primer tema, Alone Together, nos mete ya en ambiente. Una vez escuchado ese primer acorde resulta difícil no escuchar el disco completo. Los dos temas grabados en cuarteto con Kenny Burrell no rompen en absoluto la mágica atmósfera creada por el sexteto. De hecho sus interpretaciónes de las baladas “It Never Entered My Mind” y “September Song” constituyen unos de los momentos más estelares del disco. Me queda por decir que en los seis temas grabados en sexteto Pepper Adams y Herbie Mann complementan a la perfección la magia del sonido de la trompeta de Chet Baker interpretando sus solos de forma muy inspirada. Resulta especialmente llamativo como el Saxo Barítono apodado “The Knife” por su sonido potente y agresivo, se dosifica contribuyendo de forma muy significativa a la magia de esta grabación. En Definitiva, un disco mágico y evocador, muy recomendable, tanto a los aficionados como a los neófitos por su accesibilidad, y su calidad.
miércoles 11 de febrero de 2009
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Lennon, el peligroso
Las enciclopedias dirán que nació en 1940, en un barrio pobre de Liverpool, en medio de un bombardeo nazi. Quedará para el lector advertir que los primeros sonidos que le llegaron fueron los de la guerra.
Su padre fue un marinero al que casi no conoció. Su madre, Julia, la verdadera tragedia de su infancia. Lo dejó al cuidado de una tía a la edad de cuatro. Regresó unos años después, pero la dicha duró poco. John la vio morir frente su casa, bajo las ruedas de un policía borracho.
"Mi madre me dejó huérfano dos veces", diría más tarde.
De muy joven fue líder de pandillas, callejero, irreverente, pendenciero y seductor. Encarnó aquello que la sociedad inglesa más aborrecía: el proletariado de los suburbios.
Amó al rock and roll por sobre todas las cosas.
Formó una banda (Los Quarrymen); conoció a McCartney. Su primera experiencia poética fue jugar con las palabras "ritmo" y "escarabajo" para dar nombre a la banda que cambiaría para siempre la historia de la música.
Tenía veintitrés años cuanto se presentó con los Beatles en Londres. Ante un auditorio repleto, sonrió y dijo: "Para nuestro último número, vamos a pedir su colaboración. Los de los asientos baratos pueden batir las palmas. Los demás que hagan sonar sus joyas".
Presente, entre "los demás", estaba la Reina de Inglaterra.
En 1966, declaró que los Beatles eran más populares que Jesucristo. Le respondieron con el ya conocido lenguaje de las hogueras. Se quemaron discos y fotos en todas partes. El Ku Klux Klan lo amenazó de muerte. A instancias de su tía Mimí, se retractó y pidió disculpas cuántas veces pudo. El Vaticano tuvo la piedad de "perdonarlo" cuarenta y dos años después.
Sin tener formación académica, compuso una buena cantidad de melodías memorables. "In my life", que escribió a los veinticinco, fue elegida la mejor composición del siglo por un jurado mundial de directores clásicos.
Siendo ícono de la cultura occidental, tuvo el desatino de juntarse con una artista japonesa. Se burlaron diciéndole que se estaba apareando con un mono. Respondió de la única manera que sabía hacerlo, con sarcasmo y una canción: "Todos tienen algo que ocultar excepto yo y mi mono".
Harto de ser un "payaso beatle", inició su carrera solista y su militancia por la paz. Tocó en el concierto por John Sinclair, un activista social encarcelado en Michigan en Julio del 69. Desde entonces, no se detuvo en su guerra contra la guerra de Vietnam.
Denunció que "la mujer es lo negro del mundo". Fue el primer feminista.
Se mudó a Nueva York, hastiado de la sociedad inglesa. Dijo alguien: "Cuando se es un genio creativo como Lennon, se le dejan pasar ciertas cosas. Pero Inglaterra no le deja pasar cosas a nadie que venga de la clase obrera".
Al igual que Graham Greene, tuvo micrófonos de la CIA y el FBI hasta en el trasero.
Músicos como McCartney, Jagger y otras megaestrellas del rock fueron declaradas "inofensivas" por el gobierno de Nixon, al cumplir el mandato de "tocar sus canciones y volver a sus mansiones". Pero Lennon fue inmanejable. Obsesionó a los medios. Salió a la calle. Fastidió al poder.
"Nuestra sociedad está gobernada por dementes que persiguen objetivos dementes".
Lo llamaron: loco mesiánico, subversivo, terrorista, desquiciado, excéntrico, comunista, irresponsable, pervertidor de la juventud.
Cierta Navidad, empapeló con fondos propios a las grandes capitales del mundo: "La guerra terminó, si tú lo quieres" ("War is over", "Der krieg ist aus", "La guerre est finie", "E finita la guerra")
El Director del FBI le respondió, días después, en un mensaje oficial al pueblo americano: "Nuestra causa es justa. Si tenemos fe en la humanidad, la libertad que heredamos se verá preservada. Estados Unidos no es un lugar para esas almas tímidas y cobardes que ruegan que haya paz a cualquier precio".
Nunca dejó de ser, hay que decirlo, un tipo peligroso. Le negaron la ciudadanía americana. Quisieron deportarlo.
Así y todo jamás perdió el fuego sagrado de su arte. "Es cierto, soy un revolucionario. Pero un artista revolucionario. Nunca he dejado de ser un artista".
Imaginó un mundo sin fronteras. En cierto modo, llegó a abolirlas. En su memoria, hay un jardín ?el "Strawberry Fields"? en pleno Central Park de Nueva York. En el 2000, Silvio Rodríguez y Fidel Castro le descubrieron una estatua, a tamaño natural, en el Parque Habanero de La Habana. Dijo un cubano: "De este hombre puede creerse cualquier cosa menos que esté muerto".
Pasó de ser el fastidio de la escuela a ser el fastidio de las naciones más poderosas del mundo. Pero por delante del escándalo siempre estuvo su música. Al fin y al cabo, nunca dejó de ser un rockero rebelde de los suburbios de Liverpool.
Hace poco más de 28 años, el 8 de Diciembre de 1980, alguien lo mató a balazos. La noticia cruzó el Océano. Tía Mimí, en su casa de la playa, escuchó al pasar que John estaba otra vez en boca de todos. "¿Qué habrás hecho ahora, Lennon?", pensó Mimí.
lunes 26 de enero de 2009
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Reta, costa argentina
viernes 23 de enero de 2009
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Rainer M. Rilke, Lou Andreas Salomé y Sigmund Freud: el análisis y las creaciones artísticas
El nombre de esta bella mujer –sus fotos son un mudo testigo- era Lou, su apellido, Andreas Salomé. Era escritora y también estaba interesada en la vida y la obra de Nietzsche y Rilke. Precisamente un consejo dado a este último es el que nos hace de partenaire para estas líneas que se intentan.
Consejo que hizo desistir al escritor checo de “Elegías de Duino” y “Sonetos a Orfeo”, ambos de 1923, de iniciar un tratamiento psicoanalítico con el doctor Sigmund Freud; sostenía que de iniciarlo, sus creaciones poéticas y su amor por el arte comenzarían a desteñirse.
Precisamente es un estudio preliminar de “Elegías…” y “Sonetos…” de un tal Jorge González Bouzaz puede leerse algo en relación con este pedido de quien en 1931 escribiría “Mi agradecimiento a Freud”. En la página tres de ese mismo estudio preliminar se lee: “(…) y más adelante se sentirá tentado de indagar en las técnicas psicoanalíticas e incluso de someterse (¿someterse?) a un tratamiento”. Después agrega: “(…) De hecho que la misión del corazón es la de superar lo adverso, lo terrible, lo aniquilador, para así transformarse en algo propio e íntimo que podrá encauzar la experiencia dolorosa”.
Ahora bien, en relación a la Salomé y al señor Bouzaz, al menos dos preguntas caen de su propio peso, la una: ¿Va en desmedro de sus creaciones artísticas el tratamiento psicoanalítico de un escritor?; la otra: ¿Debe un poeta superar lo adverso, lo terrible, lo aniquilador con su corazón para así transformarse en algo propio e íntimo?
La escritura, como tantas otras manifestaciones, es una posibilidad maravillosa para hacer algo con salvajes pulsiones que si no dispusiesen de ese circuito llegarían a enfermar a nuestro cuerpo; no olvidamos, y en esa misma dirección, que la sublimación, además, es un destino de pulsión.
Por otro lado podemos responder pensando que el síntoma tiene dos versiones. Una como sentido, como formación de lo inconsciente. Otra, la segunda, como hecho de estructura del sujeto, como función, como realidad psíquica, y esta segunda versión del síntoma es ininterpretable y por tanto queda fuera del análisis, fuera de las supuestas musas, fuera de infinidad de metáforas que estallan en forma de versos. Porque según se sabe ni Shakespeare es “Hamlet” ni Camus “El extranjero” y si pensamos en Rilke no sería lícito preguntarle ¿a usted que le parece? cuando en la primera elegía escucha en un día de viento, a unos doscientos pies sobre las olas del Adriático, una voz que dice: “¿Quién, pues, si yo gritara, me escucharía desde los órdenes angélicos?”
Porque además, sabemos, un poeta puede usar la tercera o la primera persona del singular y así tomar distancia de sus textos para luego –y esto es capital- protegerse de una obra que a través de su escritura podría golpearlo duramente, y no por protegerse de estos embates sus producciones llegarían a ser carentes de autenticidad o brillantez, como tal parece pretenderlo a veces la misma sociedad, más aún la adolescencia. Porque una cosa es describir el brillo de un cometa y otra muy diferente desintegrarse y fundirse junto a ese cometa que estamos describiendo.
La poesía es un hecho creativo que va más allá. Un escritor, afortunadamente, es también la vida de los otros. Un análisis puede llegar a potenciar todo tipo de cuestiones artísticas, puede, además, poner en palabras, en telas y en cintas de filmación gloriosas creaciones que de lo contrario actuarían o bien torturando a un sujeto, o bien enfermando su cuerpo. Se sabe, hay quien no intenta este camino –el de un análisis- y de todas formas consigue los objetivos que persigue, pero esto no invalida aquello. La posibilidad de un pasaje a través de los propios fantasmas es una cuestión en más y no en menos en relación a la obra poética, a la vida misma.
La contingencia de llevar cuanto más lejos se pueda a través de la palabra lo íntimo es, a priori, una buena manera de creación que no sólo no atenta contra las creaciones poéticas y el amor por el arte, sino que, y muy por el contrario, les ofrece un plus.
domingo 21 de diciembre de 2008
Publicado por Walter Motto en 11:52 7 comentarios
Una estela entre Rosario y Dublín
Una vez le preguntaron a Federico Fellini quién era el mejor director de cine, el viejo contestó, acaso metafóricamente: “No he visto demasiadas películas de él, he visto solamente una, pero esa una me alcanza para decir que es Luis Buñuel”.
Acaso esta anécdota sirve para decir que es condición suficiente que un libro que habla de la manera que habla –desde los lugares que lo hace, con los cruces producidos entre el inglés y el castellano de su autora, con ricas anécdotas y homofonías, con cadenas metonímicas y neologismos- sobre la mujer que decía Joyce, el de mente simple, debe ser leído. Y sin embargo hay bastante más.
“Escenarios del cuerpo” anuda publicaciones periodísticas, seminarios, congresos, clases. Se corre de cierto imperativo superyoico en relación a que es un libro que no reproduce, sino que sustituye, desea y hace desear.
No hay obligación ni acartonamientos, por el contrario lo que se juega es belleza a través de historias sobre la creación y también sobre la imposibilidad y las consecuencias que la falta de la misma conllevan. Y esto contado (trabajado) a partir de distintas pinturas humanas que van pasando a través del siglo.
Está presente la no sencilla condición de poder hacer algo interesante con la letra, porque este libro escrito por un analista se corre de tediosos lugares definitorios a la vez que captura lo esencial del psicoanálisis: poder crear más allá de mostrar una letra que se repite a sí misma hasta el hartazgo, como es el caso de tantos aburridos trabajos que no pueden tomar distancia de esta cuestión.
Este libro, entonces, da una vuelta más
Dice cosas como estas: “Si una obra nos emociona es en relación al lugar que ofrece a lo que de problemático entraña en nuestra propia relación con nuestro propio deseo”, es decir que toca lo/nuestro inconsciente.
Se supone el placer de quien tejió estos textos y se intuye el que producirán los mismos, porque, además, éste es un texto amable, ya que después de atravesar sus ciento veintitrés páginas a este libro se lo quiere.
Como anticipa el prólogo de Miguel Ferrero: “(...) Letra, cuerpo, saber, goce indican los puntos cruciales con que se tejen las mallas que articulan los ensayos de Nora Menéndez, ensayos que de este modo adquieren el estatuto de capítulos de libro”.
Acaso también se trate de un libro de navegantes, no sólo porque se habla de nudos, no sólo porque Nora Marina (Navega) Menéndez deja un estilo y una estela a su paso, sino también porque nos introduce a latitudes diversas y se aventura por mares de tinta y paralelos significantes.
Aquellos que pudo enhebrar James Joyce a través de su estilo y también aquellos que le dieron un papel preponderante a su Nora, a su “Nora (molusco) Barnacle” en su vida. Aquellos otros también que hablan del presidente Wilson, el repitente con destino y sin estilo, el que creyó y no creó, el que quiso redimir a la humanidad pagando una altísima cuota de malestar, síntomas y propia destrucción. Se sabe, el redentor termina crucificado.
Hay más, está también Mary Shelley, el monstruo. Es entonces a partir de personajes como el hombre que mezcla 17 idiomas en 17 capítulos o como el delirante presidente de los Estados Unidos de la Primera Gran Guerra o como la Frankenstein hecha pedazos como se van sucediendo cuestiones capitales –justamente- como el nombre del padre, el cuarto nudo, el Sinthome, el lugar de la mujer, su posición como síntoma frente al hombre, los matemas de la sexuación, lo inconsciente, el significante moldeando al cuerpo, la metáfora y la metonimia, la repetición, la pulsión.
Estamos, según cuenta su autora, frente a un libro de intentos: “Mi primer intento de exilio de la lengua materna fue hablar en otra: el inglés; el segundo, fue sin dudas el exilio propio al que el psicoanálisis nos conduce. Y hay un tercer intento que es la escritura”.
En tanto que su singularidad está presente y constituye un acontecimiento, Nora Menéndez no repite, no hace bororó como el loro. Dice y logra varias cosas fundamentales: se exilia. Crea y no cree. Nos deja un estilo que no obtura. Sí que interpela y nos hace falta. Opera como disparador para que los posibles lectores hagan algo, y todo eso, para un libro, máxime si se trata de psicoanálisis, es más que suficiente.
viernes 12 de diciembre de 2008
Publicado por Walter Motto en 10:47 1 comentarios
"Aerostatos", algunos aforismos sobre el costado erótico de las cosas, por Horacio González
Paul Veyne es ameno, ingenioso. Sus libros son charlas de un abuelito que trae delicadamente el pasado al presente. Il n` y a pas rien de nouveau lá bas du soleil. Veyne me gusta. Escribe sobre la poesía erótica helénica. Pero ¿Puede un abuelito ser erótico? Esta pregunta me parece mejor encaminada. Respondo: el ingenio se contrapone a lo erótico.
El erotismo es la forma más primaria de la ilusión. Un gramo de ingenio lo destruye.
Sin embargo, no hay erotismo de primera intención. Justamente allí fracasa toda la propaganda comercial pretendidamente erótica. El erotismo tiene un asombroso primarismo pero su secreto revelado es que nunca puede captarse por primera vez.
No me acuerdo muy bien de las lejanas lecturas de Bataille. Que el erotismo pierde su inocencia. No sé si hoy estaría de acuerdo, pero la impresión recordable de Bataille es que el erotismo es algo que admite el grado máximo de reversión. Por ejemplo: el mayor placer que estalla abruptamente en una forma de muerte. Sin embargo, este pensamiento está asombrosamente extendido. No conozco nadie que no sea capaz de decirlo. Sin embargo, creo que Bataille no se limita a mostrar il terribile caso de un placer revertido en mortandad.
Supongo que lo que hace es mostrar el ajuste brutal de erotismo y corrupción de la carne. De ahí que aunque nadie discuta ese matrimonio entre lo erótico y lo fatídico, lo que está en tela de juicio es el tipo de ajuste entre ambos. A mí me parece que lo que hay, es un desajuste sutil. La reversión no es inmediata. Hay pausa. La muerte está en inminencia en el erotismo, pero no se revela. El erotismo está en grado latente en la muerte, pero su acecho es desesperante y no “abre mao”.
Por eso, el erotismo no es la acción de perder la inocencia de las cosas, sino la acción de las cosas sobre la paciencia. No todo paciente es erótico. Pero el erotismo es paciencia.
De tanto en tanto, mirando por la ventanilla de un ómnibus cierto paisaje pampeano, con cables de alta tensión y grandes carteles de propaganda en una ruta muy concurrida, me pregunto si aún me dice algo la palabra erotismo. Inmediatamente me doy cuenta que debía hacer la pregunta mirando para adentro del ómnibus. El erotismo es mirar paisajes. Allí revela su máxima potencia: cuando no hay nada más que objetos agrícolas y palabras fugaces en el campo visual.
Mirar por una ventanilla cualquiera es el último acto de un erotismo que perdió la esperanza de que sus ojos reboten sobre un cuerpo pleno y pasar de largo sin que la humanidad del acto se disuelva. El erotismo es temeroso. Las acciones directas lo afligen. Precisa mamparas de vidrio y una ruta en la cual existe la garantía de que ya no estamos en el sitio anterior desde el cual miramos.
Se puede hablar de erotismo y no decir la palabra cuerpo. No se puede decir la palabra cuerpo sin que el erotismo normalmente evocado no desaparezca en ese exhibicionismo palabresco. Propongo de ahora en adelante decir corpus. Por lo menos recuerda a una represa.
Para ser erótico es necesario ser salvaje sin abandonar la literatura. Pero entonces, el erotismo siempre será menor y decrecerá la literatura. Cónyuges que se odian y sólo la muerte separa. El erotismo es la comedia que parte de esos dos rebajamientos.
El erotismo es la forma superior de la civilización: parte del principio de que es posible saberlo todo y no consumarlo todo. He allí el motto erótico por excelencia. Contenerse, sin que nada sea ajeno.
Hay una palabra de la cual el erotismo vive y muere: acoplamiento. Es el momento en que el ser erótico es relatado en el lenguaje de la “aventura espacial”. Cuando nos damos cuenta de lo que pasa con piezas diferentes de una cápsula orbital, podemos entender el erotismo en su sentido mayor: si es posible para un astronauta, es posible para todos. Pero entonces tendremos que aceptar que una rampa de lanzamiento es erótica. Falta un paso más. El erotismo tendría que convivir con la vulgaridad de la conquista del espacio. Pero nada dice que ambos no sobrevivan de ese ayuntamiento. El erotismo en las democracias avanzadas es cosa de ediles.
¿Cuál palabra es la más erótica? A elegir: astronautas, cosmonautas, aeronautas, argonautas, ergonautas, peronautas, loconautas, neuronautas, argentinautas, ciclonautas, etcéteronautas. Marque con una cruz y abandone el lápiz marcador en manos del escribano Garrido.
Se acabaron los escribanos famosos en la Argentina. Eso es grave. Falta un erotismo público en la Argentina. Creo que eso es grave. Iré a denunciar el hecho ante escribano público.
El verdadero aristócrata erótico disfraza todo, al punto de parecer un gélido animal ávido de idiotas usufructos. Erotismo es disfraz, pero el verdadero aristócrata enmascara con tanta pasión, que puede olvidar lo que ocultaba y el disfraz se convertirá en lo que realmente será de ahora en adelante. El erotismo se extinguió así en su ley, sometido a un encubrimiento tan perfecto por el cual vivía y se asfixiaba al mismo tiempo.
El erotismo no existe sin asfixia en la imaginación. Se equivocan quienes creen que el orden de lo imaginario liberto anuncia el erotismo.
Cuando una cultura se pregunta por el erotismo, sabemos cuantas revoluciones fracasadas inspiran su acervo museístico. Un país imposible es aquel donde son eróticos solamente los guardianes del museo.
Erotismo.... ¡basta de ismos!
Has perdido tu erotismo. Tranquilo, no lo has perdido todo. Y aún esa pérdida...¿No te prepara para empresas futuras realmente despojadas? Has perdido tu erotismo y esa pérdida te interesa.
El erotismo todo lo pierde. Si aún después intentamos nuevamente, el erotismo comenzará a existir. Y nos parecerá que sólo ese es su punto de partida. Hasta entonces sólo jugaba con nosotros. Si hasta jugó a perdernos, a dispersarnos en la modesta realidad de nuestras tragedias incontables. Ahora que acabó el juego y el castigo, el erotismo mostrará su poder aplastante. Nos recompensará dulcemente en nombre de una nueva teoría política.
¿Erotismo? ¿Un nuevo ismo? No, un nuevo itsmo. Un pedazo de tierra que nos une al continente y que podrá enmendar una marea. Una simple marea.
lunes 1 de diciembre de 2008
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jueves 27 de noviembre de 2008
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miércoles 26 de noviembre de 2008
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Época goce y perversión
Los tiempos cambian. Los síntomas y las estructuras hacen lo propio.
El psicoanalista Jorge Jinkis al definir a la época dice lo siguiente: "Época significa detención del movimiento de un cuerpo en el punto de su apogeo".
De esta forma el síntoma dominante hasta hoy en las sociedades, la neurosis, (el negativo de la perversión) va cediendo lugar y positivando a este negativo: la perversión se instala, ya no de manera tan lenta, como moneda corriente.
Es entonces esta manifestación en bruto, no reprimida, que sí tiene otros modos de defensa pero que socialmente parecen no estar apareciendo, la que nos empuja, a los argentinos y al mundo, a una Ichspaltung (escisión del yo). ¿O acaso el mundo no miró perversa e hipócritamente como una de las guerras más inhumanas de la historia descuartizó a serbios, musulmanes y bosnios sin mover un dedo? O acaso en la actualidad no sucedió lo mismo con Irak, con las matanzas de bolivianos pobres a manos terratenientes armados, con presos fantasmas en Guantánamo sin que nadie mueva un dedo.
Otro psicoanalista, Contardo Calligaris, dijo en algún momento: "¿Qué lugar le cabe, entonces, a los encargados de atender a una de las prácticas, una de las pocas, en las que la palabra y los discursos son medida del hombre? ¿Dónde deberán situarse los practicantes del inconsciente para no ser cómplices y así poder escuchar las nuevas estructuras, que siendo viejas, se instalan de diferente manera hoy, y con fuerza, entre nosotros?
"¿Cómo reescribiríamos hoy 'El malestar en la cultura'? Si ese texto, reescrito por nosotros, afirmase por ejemplo que el síntoma social dominante es el perverso y no el neurótico -lo cual tal vez ya sea el caso-; si fuese así, el psicoanálisis debería ser revisado y nuestra clínica transformada, la clínica de la neurosis y la clínica de la psicosis. Si las cosas estuvieran cambiando en ese sentido, como creo que ocurre, los psicoanalistas que hicieran oídos sordos a este aspecto serían sordos para los pacientes que los interpelan. La pregunta con la que los dejo sería entonces: la psicosis, la estructura psicótica, ¿cómo sufre del mundo que nos indaga?".
Ya no depende del psicoanálisis, que tiene aún y contra un incipiente siglo que todo intenta articular en su maquinaria de consumo y de goce (bienes, amor, trabajo, salud) muchas páginas por escribir, escuchar y volver a escribir. Ahora depende, según parece, de que los psicoanalistas, los que puedan, escuchen, dado que esa es su función, las nuevas maneras en que se organizan las distintas estructuras en el tejido social, porque la época hace "época", pero más allá de cierto regocijo que esconde la frase, la época detiene la historia, la vuelve perversa, cínica.
domingo 23 de noviembre de 2008
Publicado por Walter Motto en 22:24 2 comentarios
La huida
"La Huida", acrílico sobre lienzo, 150 cm x 150 cm, Aldo Ciccione, Chacal
Hasta que la tomo de un brazo y la empujo, ¡corré le digo! Ella se asusta y se sorprende, peligrosamente. Y yo la miro serio y ella duda, y la vuelvo a mirar y después le hago señas -y siento que es la decisión más valiosa y menos dubitativa de los últimos años-, y ella vuelve a dudar, y entonces le grito, le grito por ella y le grito por mí, y después sí, después se aleja corriendo. Ningún disparo la alcanza y en segundos la pierdo de vista. Una bala hace impacto en mi hombro derecho y mi remera se impregna de sangre, en segundos siento un ardor, un ardor intenso que supongo no tan penetrante como el que debieron sentir dos tipos que a mi lado acaban de caer. Sigo disparando y pienso en la frenética corrida de Medí. En cómo esquivó las balas y en cómo volanteó al estúpido que quiso encerrar su vida. Me cruzan la cabeza mis seres queridos, mi familia perdida, mis amigos lejanos, todos mis sueños realizados y mis sueños mal soñados.
Es el color del sonido seco, el del martilleo constante, tacatacatacatá, tacatacatactá, tacatá, tacatá. Es el color del olor a carne quemada y sangrando, el de los gritos, el de una guerra estúpida, como la mía, que no supe a qué vine y no sé a quién disparo, que juego mis cartas a la muerte y durante años las mezcle para dar vida. El pintor me grita que agache la cabeza y don Miguel, que ha prometido liberarme, me dice que emprenda la retirada. Dudo entre hacerle un corte de mangas y gritarle que mi vida no es propiedad suya, o salir corriendo hacia lo que llaman el enemigo y vaciar el cargador, o bien arrojar el fusil y caminar hacia la selva. Elijo la última opción, camino tres metros y después otros tres, y otros tres y algunos más, y así hasta que salgo de la línea de fuego. Supongo que mi paso tranquilo y sereno logró irritar a quienes cubrían mi retirada. A los cinco minutos me doy cuenta de que estoy rodeado de helechos, de ranas marrones recostadas en los árboles y de pensamientos extraños que nunca supuse tener en este momento. Me duelen los pies, tengo millones de ampollas y una nube de moscas muy pequeñitas que revolotean mi herida, estoy pensando en cavar un pozo de unos tres metros, taparlo adecuadamente con palos y hojarasca y dormir dos o tres días seguidos, soñar sueños que me acomoden un poco y después ver que pasa. Instantes más tarde cierro los ojos, recuerdo nuevamente a mi padre y el final de Los hechizados, después alguna frase final, “ya he estado aquí antes”, murmuro, duermo, y ya.
Al cabo de un tiempo que no puedo precisar despierto sobresaltado, pienso en los muertos, en el entierro de los muertos, en las cosas que alguna vez leí sobre los muertos, en que si los muertos son enterrados pueden pasar a la otra vida, me detengo un tiempo en ello y siento muy fuerte los disparos, después, un poco después, consigo relajarme. A la mañana siguiente una voz conocida perteneciente a un primor colombiano me pone la mano sobre la cabeza, “hay que curarte me dice”. Y nuevamente me digo que he estado aquí antes, lo cual es demasiado y me hace pensar que Medí es mi ángel de la guarda. Le digo que se agache y la abrazo, me hace presión sobre el brazo y me duele, pero me tiene entre sus brazos y me calma, le digo gracias, me sonríe, le pido que me bese y ella me besa. Su boca sobre mi mejilla me da otro color. Tomo su mano y me dice que queda mucho por hacer, que debe curarme para que pueda descansar tranquilo. Estamos en un zanjón distante unos ciento cincuenta metros del ayer campo de batalla y el olor es nauseabundo, ya que la selva descompone todo rápidamente. Ella está rodeada de medicinas, de las convencionales -que supongo pudo sacar de alguna mochila botiquín de algún muerto que hacía las veces de médico- y de las que ella inventa. Me inyecta con una hipodérmica y a los pocos minutos me dejo viajar. La morfina o algún equivalente es la responsable de que mi lengua se trabe y que después me desvanezca. Antes le balbuceo que debemos hacer algo con los muertos, y ella me sugiere que los enterremos, pero que enterremos a todos... (extracto de la novela Colombia, inédita)
viernes 21 de noviembre de 2008
Publicado por Walter Motto en 10:36 2 comentarios
A quién pertenecen los muertos
Los colores de Colombia se mezclaron en mi retina como rayos de luz, y ya en mi cuerpo circularon como la misma sangre, como un testigo irrefutable. Los que pasamos por aquí fuimos adquiriendo los colores de los ánimos, que se mezclaron en los cuerpos, que se fueron acomodando con los colores del trabajo, de los paseos, de las sorpresas y también de las emociones. Así fuimos siendo de diferentes colores, de rosa cuando todo era color de rosa, desteñidos cuando los colores se apagaban; negros cuando había ausencia de color. Los colores de Colombia me eligieron junto a tantos otros. Verde, cristalino, musgo, lágrima. Aviones y cielo. La misma piel fue tomando esos colores. Marrón de mugre y negro de tinta de diarios cuando tuve que mendigar en Bogotá. Amarillento anaranjado de guiso y color pan del pan, que habitó mis bolsillos, mis zonas genitales y mi cabello durante ese tiempo. Me viene el rojo intenso de un fruto maravilloso lleno de témpera y el rojo mutante de instantes recientes bautizando a los niños baleados del negro más oscuro que puedan usar los hombres más siniestros de Colombia. Algunos otros. Recuerdo el centellante amarillo y el anaranjado que descansaba en los mercados de frutas. Los maquillajes que tenían las chicas en la ciudad, el color café del café, el verde esmeralda de un puesto de esmeraldas y los ojos multicolores de la gente que tras una vidriera las observaba maravillados, como esperando una sanación. Recuerdo a un muchacha medio hippie que me contó sobre colores buenos y colores malos, sobre buenas y malas vibraciones. Ahora que lo pienso creo sentir que me resultaría un tanto difícil ubicar a los buenos y a los malos, más aún darles un color. Todo está resultando muy absurdo, por ejemplo que estás bestias nos hayan confundido con un grupo de guerrilleros por el solo hecho de que llevábamos puestos borceguíes y de que no nos creyeron que estábamos buscando plantas medicinales en la selva. A dónde se supone que deberíamos buscarlas. Todo, por ejemplo que los muertos pertenezcan a alguien en especial, como quiere la radio. (Extracto de la novela Colombia)
martes 4 de noviembre de 2008
Publicado por Walter Motto en 7:44 4 comentarios
El abuelo
Foto WM tomada del libro Werner Herzog,
2002 de jovis Verlag GmbH,
de Beat Presser.
El otro día sin más, me dijo, y yo sé que me lo dijo a mí, a pesar de que indirectamente la frase parecía no estarme dirigida: “Viste, es como algunas gentes que creen tener derecho a estar con cara de diablos todo el tiempo, y que jamás se preguntan qué culpa y porqué el mundo tiene que soportar su maldita cara de cuernos todo el tiempo, incluso cuando nada hicieron, ni nada aportaron para recibir esa cara como pago. Me sentí un poco triste. Por momentos creo que no caí en el mejor de los lugares, pero nada es azaroso. Por algo estoy en un mar de matanzas y pobreza y gente digna, y gente muy loca también, y otra gente muy divertida que por momentos me arranca la más genuina de mis risas.
Supongo que no hubiese estado mal que con todo ese dinero aterrice en otro sitio distante que no fuese Latinoamérica. Pero parece, tristemente se confirma, que cuando se nace en Latinoamérica Dios te pone un sello atrás, como se los ponían a los bebés reyes. El sello dice, “al Cesar lo que es del Cesar, a los latinoamericanos Latinoamérica”, y eso nos suena como un mensaje divino, y hasta nos creemos reyes. A veces, cuando descubrimos de qué se trata, nos enteramos de paso que ya se nos fue la vida siendo plebeyos y nos resignamos. Otras, cuando no queremos resignarnos, peleamos diciendo que queremos construir el hombre nuevo, pero no sabemos muy bien que es eso del hombre nuevo, entonces repetimos errores.
Creemos cortar por la tangente y despreciamos las diferencias de opiniones como siempre las despreciaron quienes nos dominaron, y nos volvemos intolerantes y autoritarios. Usamos las mismas armas y la misma cultura y por ende cometemos las mismas arbitrariedades que cometen quienes nos dominan. Queremos reyes, sin pensar quizá que ellos tienen uso, abuso y adicción de esas armas y de esas costumbres cada períodos más o menos regulares, pero olvidamos que nosotros no. Nosotros tenemos una oportunidad única en la vida, que es cuando muere un obispo, cosa que complica más aún la cuestión, porque o bien no estamos preparados para estar a la altura de las circunstancias, o bien la prensa se encarga de maquillar a los obispos y mostrarlos vivos, aun cuando hace cien años que hubieron muerto.
Por otro lado, uno podría arreglárselas más o menos bien, ocultando ese sello en tanto que es un sello que está impreso en el culo, y bueno, todos sabemos que esa es una parte que no se debería estar mostrando como un documento ¿Pero qué pasa? Pasa que en algún momento de nuestras vidas los latinoamericanos debemos bajarnos los pantalones y en el mejor de los casos mostrar el culo, sea porque no tengamos alternativa y nos digan: ¡tienen que bajarse los pantalones! Sea porque la alternativa se presente sin tanta exclamación y la frase sea, “bueno... tenemos que bajarnos los pantalones un poquito”.
Como decía entonces, siempre era la responsable de tomar el hilo que traía a tierra al barrilete de mi cabeza cuando me aventuraba en las alturas y me iba siguiendo todo tipo de pensamientos. Primero se ponía a hacer algo, a leer, a preparar algunos papeles, a acomodar cosas. Después, como al rato, se acercaba con amabilidad y me alcanzaba algo, un sabroso pan que preparaba con semillas de amapolas, lino y anís, algún café con gusto a café, -que lejos estaba del sabor a hueso molido, bicarbonato o cualquier porquería que supongo utilizaban para cortarlo y que yo acostumbraba a tomar en el hospital- alguna fruta o un té verde. Ese mañana no fue ningún alimento, al menos de los que se comen o se beben, sino que me trajo una figura extraña que parecía salirse de un portarretratos. Una foto grande, vieja, en blanco y negro. Viejo también quien ocupaba el centro de la foto. Un hombre de pelo blanco, abundante y largo, tanto que caía sobre sus hombros. Su cara era una composición de cicatrices y arrugas, como un mapa hídrico. Dos grandes cicatrices a ambos lados de la cara atravesadas por ramilletes de arrugas, como dos grandes ríos de los cuales de desprenden decenas de brazos. Los ojos profundos. Su expresión era calma y un poco misteriosa.
- ¿Este quién es?, pregunté sorprendido.
-Mi abuelo, viejo alterado y longevo, español de nacimiento y básicamente colombiano por dos motivos, uno tiene que ver con que nunca pudo regresar a su país porque no tenía dinero, al menos en esa época, el otro porque se enamoró de una india, se metió en la selva y se sintió parte de esta tierra. Se enamoró tanto de la selva como de la india, mi abuela. Hubo una época en que estudió Economía en Bogotá y a los dos o tres años mataron a todos sus amigos. Ellos pertenecían a las FARC y por ese tiempo habían decidido deponer las armas para presentarse a elecciones. Entonces a través del voto popular resultaron ser concejales, y otros diputados, y otros alcaldes, y entonces, claro, tuvieron puestos públicos y públicamente los empezaron a matar como se mata a los mosquitos o se pisa a las cucarachas. Y ellos siguieron un tiempo más, hasta que un día entendieron que los estaban matando tranquilamente a todos. En algún rincón de su hastío en determinado momento se dijeron basta, volvamos a los tiros, al menos vamos a saber de dónde vienen las balas y contra quién tenemos que dirigirlas.
-¿De dónde vienen?
-Sí. De dónde vienen. Y así decidieron pasar nuevamente a la clandestinidad. Todos volvieron a la selva, mi abuelo incluido. Vivieron un tiempo en el que estuvieron bastante alterados, al punto que llegaron a dispararle a todo lo que fuese más o menos rubio. Después él ya no quiso pelear, o no quiso pelear más en una organización, y entonces decidió pelear a su manera.
-¿A su manera?
-Declaró una nueva guerra, que el llamó en esos tiempos “por la paz de la selva, por los hombres, las plantas y los animales”, y en contra -o a favor, según como se mire- de los pobres gambusinos que se creyeron la historia del oro.
-¿Gambusinos?, pregunté bañado en sudor.
-¿Quieres asearte?
-¿Gambusinos?, volví a insistir.
-Son los buscadores de oro. Pobres infelices que sacrificaron generación tras generación para encontrar un buen chicarrón que los saque de la miseria. Mi abuelo, hasta el día de hoy, combate a los gambusinos de Cuello, no sé si porque le estalló la cabeza o porque cree que eligieron una manera muy estúpida de desperdiciar la vida. Dice que el oro es una gran mentira, la peor de las fiebres y que no gratuitamente es de color amarillo. Las cicatrices de su rostro tienen que ver con esa época, con una pelea a causa de que mi abuelo inundó una excavación de oro para espantar a los gambusinos. En ella alcanzaron a tajearlo tres veces, dos en la cara y una en el brazo derecho. Bueno, a mí no me importa demasiado por qué lo hace; me importa que ahora está preocupado con ese tema y mientras tenga algo que aliente sus días mi abuelo, mi única familia, vivirá eternamente.
-Si no lo matan en otra pelea, dije.
-No creo, respondió serena.
El relato era un aire fresco que yo no sentía desde hacía mucho tiempo. Un relato de aventuras que llenaba mis pulmones de oxígeno y me hacía sentir feliz. Me provocaba tanta intriga y tanta ansiedad como las historias que mi padre me contaba los viernes desde las nueve hasta las doce de la noche, y que suspendía hasta el próximo viernes, a no ser que yo diese pruebas de haberme portado lo suficientemente bien como para tener un extra de entre semana. La historia decía que en los primeros meses perdí casi todos los entre semanas, hasta que más tarde decidí continuar por mi cuenta y comencé a leer en cuanto momento libre tenía. Comprendí entonces que se abría ante mí el más escandaloso, irreverente y maleable de los sueños infantiles a través de tantísimas preguntas y algunas respuestas, y todo a partir de un libro. Un objeto pequeño que no pesaba más que doscientos, trescientos o cuatrocientos gramos y que antes había celado porque sentía que alejaba a mi padre de mí. Como al año comenzamos a hablar de literatura y nuestros encuentros nocturnos se hicieron bastante más frecuentes, su ajetreada jornada laboral nunca fue un obstáculo para compartir las horas, a pesar de sus ojos cansados y su voz más apagada. Al tiempo las lecturas se tradujeron en intercambios, y supe, casi por azar, que había descubierto el puente más robusto de los puentes: dormirme, noche por medio, y después de comentarle algo que había leído, ante el susurro de su voz, la voz de mi única familia; que ya no me leía, sino que me narraba historias que él había leído previamente o quizá inventado, sólo a mí, el privilegiado de cuantos escuchaban sus narraciones en diferentes claustros.
A veces me hacía leer y aparentaba no recordar esa lectura, que supongo conocería de memoria. Entonces me pedía de una manera firme, y que realmente sonaba a demanda, que le cuente. “Contame, contame que no recuerdo”, decía. Y después: “Claro, tenés razón, entonces fue que se dirigieron a la costa...” O sino, “claro, el librero era un miserable”. Yo me sentía importante. Como un capitán que viajaba con él a través de discusiones y comentarios -y recuerdos fidedignos y a veces muy erróneos que a él en absoluto le importaban- en torno a Melville y su “Moby Dick”, algún invento de Arlt, los certeros disparos de Robin Hood, algún misterioso gato de Poe o a través de las aventuras que una mujer cautiva traía desde el Asia en las “Mil y una noches”. Sentía muy cerca de mí a un extraño y conocido Joseph Conrad que en los momentos menos pensados me hacía vivir sueños y pesadillas de la mano de todo lo inasible que rodeaba al capitán Kurt. Después de un rato él tomaba el libro y comenzaba a leer hasta que mis ojos se cerraban, y ya en sueños volvían los ambientes característicos de la época victoriana a través de la prosa de Dickens, el hombre que decía, tal sus palabras, que al menos el sufrimiento debería igualarnos a todos. Eso. Todo el miedo, toda la ansiedad, toda la fraternidad y toda la tranquilidad de la voz de mi padre a través de los relatos es algo que recordaré hasta el día en que la tierra pida por mí. Intuyo que algo de su abuelo me conecta con mi padre, o con las cosas que potenció mi padre, de ahí mi interés. (Extracto de la novela Colombia)
sábado 1 de noviembre de 2008
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A la buena de Dios
No dormí durante las dos noches siguientes, y deambulé otra vez como cuando desapareció mi familia. Anduve por lugares por los que no circularía ningún ciudadano “de bien”, y conocí a tipos muy raros y muy locos. También a gente tranquila, educada y generosa a pesar de su pobreza. Algunos pesados. Uno que no cesaba de reivindicar "lo viejo", y que por esa razón terminó perdiendo el dedo anular de su mano izquierda. La cosa comenzó pausada como la siesta. Llegó al bar a las dos de la tarde con un candado antiguo que tendría unos sesenta o setenta años. Lo mostraba, lo tocaba, y lo golpeaba contra la mesa a la vez que decía: “¡Esto es un candado!, los de ahora se abren con un golpecito, míralo, tócalo”. El hombre que tenía en frente de sí lo miraba y movía la cabeza, y el pesado alargaba su plática: “Mira las heladeras, mira esa nevera”, decía señalando la heladera del bar, que era muy vieja y por cierto se veía robusta. Hacía su "plática" y también cometía exabruptos que resultaban muy divertidos. En determinado momento tomó una grampa que estaba amurada a la pared, tiró de ella y arrancó un pedazo de pared, no porque la grampa fuese vieja y robusta sino porque el revoque era de arena y cal, pero todo lo que sucedía era leído por el hombre como justificaciones a su teoría. Hasta que pasadas unas horas llegó lo del revólver. Al caer la tarde desde una mesa cercana le alcanzaron un revólver. Un revólver realmente vetusto. El viejo sonrió, tomó el arma por el caño y dio dos golpecitos a la mesa, volvió a sonreír y miró a su compañero de mesa, que por cierto no había dicho una palabra hasta el momento, que lo miró un poco asustado, y que luego corrió su silla unos cincuenta centímetros hacia atrás. Y el viejo otro vez intentó repetir el toc toc anterior. Fue un solo golpe, primero un toc y luego un bum. Un chorro de sangre se desparramó por la mesa y el viejo cambió su sonrisa por un grito pelado que alteró el lugar. El mozo se arrimó con un repasador y un vaso de caña, le envolvió la mano y lo invitó a tomarse el trago, alguien después se lo llevó. Que sea viejo y robusto no implica necesariamente que se trate de algo seguro pensé. A los cinco minutos el bar siguió con su ritmo habitual.
Había más, una mole cuadrada como un placard que jugaba a la ruleta rusa por dos dólares, por la siguiente ronda de cerveza, o para prestarme unas monedas que cinco minutos antes le había pedido para así poder pagar una chiva que me lleve al otro lado de la ciudad. Situación que me hizo transpirar más de la cuenta, en tanto que si la bala alojada en uno de los seis compartimientos del tambor hubiese estado frente al percutor yo sería cómplice, si bien indirecto, de la muerte de ese tipo. Había un negro que tomaba cerveza y contaba historias sin solución de continuidad. Trabajaba en el Caribe. Entre otros oficios pescaba con dinamita. Iban en un barquito de veinte pies. Cuatro, cinco, seis personas. Arrojaban dinamita desde el barco, los peces se transformaban en pescados, después ellos se tiraban al agua, los juntaban y más tarde recibían su paga: cinco dólares en pescado que después debían vender para hacerlo dinero real. Hasta ahí todo bien. La cosa se complicaba cuando llegaban los tiburones, sucedía que los escualos ya entendían cuál era el estímulo y cuál la respuesta; en otras palabras, que cuando había explosiones había pescados flotando, un bocadillo rápido y sencillo. Era entonces cuando la situación se "acochinaba", ya que con una mano, según el negro, “había que coger a unos pescados y tirarlos pá la cubierta del barquitico”, decía abriendo los ojos. Mientras gesticulaba agregaba: “Con la otra darle un tajo en la panza a los demás y arrojarlos como lanzador de béisbol rapidito palante, a diez metros al menos en el mar, pá que los tiburones se entretengan y dejen levantar la cosecha”.
El tipo parecía tranquilo, creo que más que por valiente por temerario, porque no tenía registro alguno del peligro. Mientras ese vértigo y el aire húmedo que llegaba desde la selva impregnaban el lugar, había dos que entraban y salían del bar en donde estuve casi un día. Hablaban con muchas personas, y al tiempo se subían a una moto y partían, para luego regresar, al rato. Así toda la noche.
Pensé que se trataba de dealers. Después de preguntar a varias gentes de ahí acerca de su oficio recibí todo tipo de respuestas. Algunos me decían que trabajaban para la guerrilla, otros que eran informantes del ejército, otros que se trataba de paramilitares. Finalmente un hombre viejo y con una cicatriz en la cara me tomó del brazo, me apretó fuerte y me dijo: “¡Eh gringo!, gringo, no andes husmeando tanto, vas a terminar con un tiro en la cabeza. Ahora vete bajito!”. Comprendí mi estupidez y me fui bajito. (Extracto de la novela "Colombia")
sábado 25 de octubre de 2008
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